ME LLAMO JUAN CARLOS Y OS TRAIGO HISTORIAS DE TERROR,LEYENDAS URBANAS,CASOS INEXPLICABLES PARA LEER A SOLAS Y PASAR MIEDO O REÍRTE DE ELLOS.DEDICADO A KATY,LYDIA Y A TODA MI GENTE.
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Recuerdo cuando era pequeño y mi abuela
me decía que si no me portaba bien o si me alejaba mucho de casa,
vendría “el Hombre del Saco” y me llevaría con él. Por aquel entonces
yo no sabía quién era ese personaje, pero bastaba que se le mencionase
para que, completamente aterrorizado, obedeciese a los mayores,
temiendo que una especie de Freddy Krueger monstruoso con un saco
enorme a sus espaldas me llevase para siempre a un lugar de pesadilla.
Hoy,
sabemos que esos temores infantiles realmente tenían su razón de ser,
porque si bien una parte de ese cuento tiene parte de leyenda, existe
otra parte que es bien auténtica. En España hubo dos Sacamantecas y un
Hombre del Saco que asesinaron a niños para extraer de los cadáveres
parte de la grasa, porque existía una creencia que decía que podía
curar alguna enfermedad grave si se utilizaba como cataplasma sobre la
herida. EL MITO
La leyenda del sacamantecas se popularizó
a finales del siglo pasado y principios de este por la creencia popular
de que, tanto las ruedas de los carros como la de los molinos y las
máquinas a vapor debían engrasarse muy a menudo para que su mecanismo
funcionase a la perfección. Los rumores que se crearon entonces,
eran que el mejor lubricante era la grasa humana tierna, porque la
animal no era tan densa y no causaría el mismo buen rendimiento.
Entonces, para satisfacer esta demanda de grasa humana se creía que
merodeaban por la calle unos hombres siniestros, con sacos en el
hombro, que secuestraban niños y los asesinaban para venderlos luego a
un desollador, que se encargaba de extraer las mantecas y pagaban a los
secuestradores una buena suma de dinero por cada presa que les traían. El
mito en España aumentó cuando se pusieron en marcha los nuevos
ferrocarriles, y casualmente se contabilizaron algunas desapariciones
de niños en Barcelona. Como era de esperar, pronto corrió el rumor de
que no era casual y que había algunos sacamantecas por los alrededores
que habían raptado a los niños. Desde entonces, la fama del
Sacamantecas se debe más que nada al uso del nombre para asustar a lo
niños, a quienes los padres también amenazaban que si no se portaban
bien vendría el Hombre del Saco a llevárselos.
LOS VERDADEROS SACAMANTECAS
Uno
de los personajes que han sido denominados como verdaderos
Sacamantecas, vivió a finales del siglo pasado en España, y su apodo le
fue dado por asesinar a seis mujeres (que son las muertes que se
pudieron probar, aunque se piensa que hubo muchas más víctimas), lo que
le convierte en el segundo asesino en serie español, después de su
predecesor Manuel Blanco Romasanta, el hombre lobo de Allaríz.
Se
llamaba Juan Diaz de Garayo, y cometió sus crímenes en Álava durante
nueve largos años a finales del siglo XIX antes de ser capturado y
condenado a muerte.
Sus víctimas variaban en edad, no seguía
aparentemente un prototipo determinado. Eran sobre todo mujeres que
ejercían la prostitución y mendigas de entre 13 y 55 años, a las que
agredía sexualmente y en algunos casos llegaba a infligirles
mutilaciones. También tuvo varios intentos de asesinato frustrados
gracias a la resistencia de las víctimas, que posteriormente
denunciaron la agresión. Primero las abordaba y las forzaba a
mantener relaciones sexuales con él, pero cuando las mujeres se
resistían, las estrangulaba con sus propias manos y les desgarraba el
vientre con un cuchillo de monte.
Su modus operandi siempre
era el mismo, con la única variante, común en los crímenes en serie,
que en cada nueva agresión se ve que la violencia con la que asesina y
desgarra es mucho mayor, como si a cada muerte se confiase más, o como
si su sadismo aumentase cada vez. Si hacemos caso a las crónicas
de la época, por que en la actualidad no se conservan muchas fotos en
las que se duda que realmente sean retratos de Díaz de Garayo, el
Sacamantecas era un personaje de apariencia casi monstruosa. Tendría
algunas deformidades, lo que le daban un aspecto simiesco y atípico. La
descripción es la de un hombre fornido con apariencia de hombre
primitivo, mandíbulas salientes y cráneo predominante con grandes
asimetrías en la cabeza... Esta descripción podría pasar por un
ejemplo de los delincuentes que describía el criminólogo Césare
Lombrosso cuando escribía sobre sus teorías acerca del Criminal Nato.
Lombrosso planteaba que se podía llegar a identificar un delincuente
por sus rasgos físicos, y este asesino Sacamantecas encajaría al
dedillo en el prototipo de homicida sin escrúpulos.
Se sabe
que fue a la edad madura cuando despertó su instinto criminal, tendría
unos cincuenta años cuando empezó a matar, y hay quien dice que a causa
de su herencia genética: su madre era alcohólica y sufría una neurosis
aguda y su padre era también alcohólico. Por este motivo, su cerebro
fue estudiado por distintos médicos, que no pudieron determinar el
origen del instinto homicida, pero llegaron a la conclusión de que su
capacidad mental no estaba oscurecida y que se trataba de un vulgar
asesino con un grave trastorno de la sexualidad.
La caza al
asesino fue constante por parte de las autoridades, y finalmente el
Sacamantecas pudo ser detenido gracias a la ayuda casual de una niña
pequeña, a la que los padres también amenazaban con llamar al Hombre
del Saco si no era buena. La niña, sin haberlo visto nunca, pero
imaginándose que alguien tan terrible debía tener aspecto feroz, se
asustó al ver un día por la calle a Díaz de Garayo y comenzó a gritar
“¡Es el Sacamantecas!”. Eso hizo que los vecinos creyesen que el hombre
había tratado de agredir a la niña y lo acorralaron hasta que llegaron
las autoridades para detenerle. En el interrogatorio rutinario, cual
sería la sorpresa de la policía y de los vecinos cuando Díaz de Garayo
confesó que él era el autor de los brutales asesinatos.
Le
condenaron a la pena de muerte por seis asesinatos, aunque se sospechó
que habían sido muchos más, por los largos intervalos de tiempo entre
un crimen y otro, pero no pudieron ser demostrados más que esos seis.
Murió en la horca en el Polvorín de Vitoria el 11 de mayo de 1881, y
jamás dio muestras de arrepentimiento por los asesinatos que había
cometido, aunque perfectamente consciente de cada uno de ellos.
EL CRIMEN DE GADOR
Otro hecho que despertó la leyenda del Hombre del Saco fue el llamado Crimen de Gádor, un pueblo a 15 km de Almería. Allí
se cometió un terrible infanticidio en el verano de 1910 con el fin de
quitarle la sangre y la grasa a un niño de siete años para curar a un
hombre enfermo de tuberculosis, que había pagado previamente una suma
de dinero considerable para este fin.
La madre del niño había
denunciado su desaparición a la Guardia Civil y casi todo el pueblo
colaboró en el rastreo de los bosques, hasta que uno de los vecinos al
que llamaban Julio “el tonto” se presentó en el cuartel de los guardias
diciendo que había encontrado al niño muerto y tapado con piedras en un
barranco.
El cadáver presentaba una serie de lesiones
externas, que fueron determinadas en detalle tras la autopsia. Entre
éstas, las más importantes eran: múltiples heridas en la cabeza con
rotura craneal, pequeños cortes por todo el cuerpo, y una gran herida
desde la boca del estómago al pubis que dejaba los intestinos al
exterior del cuerpo y por donde se le había extraído todo el peritoneo
con el saco seroso, es decir, toda la grasa, y además, parte de la
sangre.
Las sospechas pronto recayeron sobre un vecino poco
querido por los demás habitantes de Gádor, un curandero y sanador
llamado Francisco Leona, pero este negó todos los hechos que se le
inculpaban aludiendo como coartada que ese día no había salido del
pueblo, y prefirió acusar a su vez a Julio “el tonto”, el que había
encontrado el cadáver. Los agentes de la Guardia Civil empezaron a
sospechar del curandero por la frialdad de su conducta, pues ni se
había inmutado cuando fueron a interrogarle, pero también era
sospechosa la actitud “del tonto”, y para quitarse de dudas detuvieron
a los dos hombres.
Una vez en la cárcel fueron sometidos a
numerosos interrogatorios, pero sin resultado en un principio. A veces
los detenidos negaban la autoría del homicidio, se contradecían otras,
se acusaban entre ellos, pero no aclaraban lo que en realidad había
sucedido. Finalmente, tras numerosos interrogatorios y presión de la
Guardia Civil, el curandero se confesó autor de los hecho y “el tonto”,
cómplice.
Tras esta confesión fue posible elaborar la
reconstrucción del crimen, y lo más inquietante, el móvil, el porqué
estas dos personas habían destripado a un niño de siete años. Como
todos los vecinos sospechaban ya, el hecho de que se extrajese del
cadáver el saco seroso, estaba relacionado con las extrañas prácticas
del curandero.
La sangre todavía caliente, según confesó
Francisco Leona, era un reconstituyente extraordinario para recuperar
la salud que se administraba tras una dura enfermedad o en casos de
vejez. El motivo que le hubiesen extraído la sangre al niño no tenía
otro fin que el ofrecerla como bebida a un enfermo. En el caso de
las grasas, también se asociaba con la sanación, pero esta vez para
casos específicos, como por ejemplo en emplastos para combatir la
tuberculosis. El enfermo para quién estaban destinados estos órganos
resultó ser un vecino llamado Francisco Ortega “el moruno”, un hombre
afectado por la tuberculosis y tremendamente obsesionado por su
enfermedad, que tras visitar a varios curanderos sin que lograsen
mejorar su salud, decidió recurrir a las medidas más extremas que le
había propuesto Francisco Leona ofreciéndole una gran suma de dinero
para que cometiese el infanticidio, si esto era capaz de curarlo.
Finalmente
los tres hombres fueron condenados a muerte por el asesinato con
premeditación y ensañamiento del pequeño de siete años.