ME LLAMO JUAN CARLOS Y OS TRAIGO HISTORIAS DE TERROR,LEYENDAS URBANAS,CASOS INEXPLICABLES PARA LEER A SOLAS Y PASAR MIEDO O REÍRTE DE ELLOS.DEDICADO A KATY,LYDIA Y A TODA MI GENTE.
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Todos los pueblos y culturas tienen sus cuentos y leyendas de espanto.
En Venezuela entre muchas, existen dos particularmente famosas, la
leyenda de la Sayona y la del Silbón, de los cuales todos los
venezolanos una u otra vez hemos oído hablar, despertando cuando niños
nuestra imaginación infantil que en mas de una ocasión perturbo
nuestros sueños.
El silbón es un alma en pena que recorre en la oscuridad los llanos
venezolanos con un silbido que estremece al más valiente. Canto, que
confunde al quien lo oye, pues cuando se escucha cerca es porque está
lejos, y viceversa. La señal confirmatoria de que el espíritu ronda el
vecindario es un característico ruido de huesos que chocan unos con
otros. Se cree que los lleva en un saco, al hombro. Unos piensan que
son los huesos de sus víctimas más recientes; otros, que pertenecen a
su propio padre.
La leyenda del silbón cuenta que hubo una vez un joven que descubrió
que algo extraño estaba pasando entre su padre y su esposa. Unos dicen
que el viejo le pegó a la joven. Otros sostienen que la violó. El joven
al increpar al padre sobre el asunto, éste le contesto que su esposa
era una “regalada”, fue entonces cuando el joven estalló en furia , y
se enfrascó en una pelea a muerte con su padre.
De los dos, el padre llevó la peor parte. El joven le asestó un fuerte
golpe en la cabeza con un palo, que lo tumbó en el suelo, donde el hijo
se le abalanzó y lo ahorcó.
El abuelo del joven, que escuchó de la pelea, fue en busca de la
víctima, a todos los efectos, su hijo. El abuelo juró castigar al
joven, su propia carne y sangre, por el horrendo crimen que había
cometido. Poco tardó en encontrarlo. Entonces lo amarró y le propinó
una andanada de latigazos con un "mandador de pescuezo", típico del
llano. "Eso no se le hace a su padre...Maldito eres, pa´ toa´ la vida",
le decía. Para completar la sanción, le frotó ají picante en las
heridas y echó al perro para que lo persiguiera. Hasta el fin de los
tiempos el perro lo persigue mordiendole los talones.
Hay otra versión sobre los orígenes de El Silbón, empieza con que El
Silbón era un joven consentido, a quien un día se le antojó comer
"asadura" de venado (el hígado, el corazón y el bofe del animal). Para
complacerlo, su padre fue de cacería. Pero la jornada estuvo mala. E
iba a ponerse peor. Como se tardaba, el joven salió a buscarlo. Cuando
lo halló con las manos vacías, decidió matarlo y sacarle la "asadura".
El hijo entregó las entrañas a su madre para que se las cocinara. Como
no se ablandaban, la señora sospechó y avisó al abuelo. El látigo, el
ají y el perro entran a escena igualmente en esta historia. Son las
armas con las que el llanero se defiende de El Silbón, pues huye de
ellas como de la peste.
Se cree que le succiona el ombligo a los borrachos. Y que para con los
mujeriegos, no tiene piedad: que cuando tropieza con uno, lo vuelve
pedacitos y le saca los huesos. Otra tradición señala que El Silbón se
presenta en las casas, de noche, a contar los huesos que lleva en el
saco. Si nadie lo escucha, alguien de la familia muere al día siguiente.
La sayona posee en su leyenda los “ingredientes básicos de la historia
del Silbón: Sexo matricidio, y anima en pena que ataca especialmente a
los descarriados de la vida.
Se trata de la historia de una mujer muy celosa que mató a su marido y
a su mamá, pensando que estos tenían un romance. Su madre, en la agonía
de la muerte, la maldijo diciéndole: "Sayona serás para siempre y en
nombre de Dios, que así sea". Desde ese entonces vaga sin descanso ni
paz, persiguiendo a los hombres infieles para conquistarlos y luego
matarlos.
Entre las muchas historias que se cuentan en los llanos venezolanos se
encuentra la siguiente: Una noche un hombre se escapó para encontrarse
con su amante, en medio del camino se sorprendió al ver que ella venía
a su encuentro, aunque le extrañaba su caminar tambaleante. Corrió
detrás de ella, pero al llegar a su casa la mujer siguió de largo. El
hombre desconcertado le dijo:
Pero bueno, ¿Qué pasa?
Cuando volteó, se encontró con una mujer blanca con cara de muerte,
dientes afilados como hachas y unas enormes uñas como garras. Salió
corriendo hacia su casa y el ánima lo persiguió con los brazos abiertos
para estrecharlo.
El hombre logró escapar y al llegar a su casa, se encontró con su suegra despierta, quien al verlo tan agitado le preguntó:
Mijo ¿Y a ti qué te pasó?
¡Qué buen susto me llevé! Salí un momentico a orinar y me salió esa mujer...
¡Ay mijito, tú como que le estás montando los cuernos a mi hija! Déjese de eso, yo que se lo digo...
El hombre asegura que tras esa experiencia no le quedaron ganas de volver a engañar a su mujer.
Por lo tanto, es mejor que aquellos hombres que disfrutan engañando a
su pareja, se lo piensen bien antes que se le aparezca LA SAYONA.