
Un parking solitario. Entra un coche. Se baja una
mujer. Se dirige hacia la salida. Oye unos pasos a su espalda. No les
da importancia. Cruza la puerta que conduce al ascensor. Un hombre la
sigue. Lleva un martillo en la mano... Horas más tarde un equipo de
investigadores, una forense y el jefe del departamento de policía
científica, se ponen en marcha.
En un parking se ha encontrado el cadáver de una mujer con el cráneo destrozado.
La
cabeza está tapada con una bolsa de plástico y junto al cuerpo hay
huellas de pisadas de zapatillas deportivas y el envoltorio de un
caramelo de menta.

A
Juan José Pérez Rangel solo le faltó dejar un rastro de miguitas
de pan. Dos mujeres asesinadas en el mismo parking y mismo número de plaza
en un período de once días, un "modus operandi" casi idéntico que parecía
copiado de una película policíaca de serie B, la imagen del sospechoso grabada
en el cajero de un banco cuando usaba la tarjeta de crédito de una de las
víctimas y, para colmo, una llamada al marido de una de las dos asesinadas
para ofrecer información a cambio de dinero. El reguero de pistas dejado
por el "Asesino del Parking" condujo a la policía hasta la localidad de
Sant Adriá, en el cinturón industrial de Barcelona. Allí vivía el presunto
asesino de María Angels Ribot y María Teresa de Diego.
Las
dos mujeres, muy parecidas físicamente y de una edad similar, fueron
brutalmente machacadas a martillazos. Una de ellas apareció esposada a
una barandilla del parking y, en ambos casos, se les había cubierto la
cabeza con una bolsa de plástico. El habitual pánico, alentado por el
espectáculo montado por los medios de comunicación, se extendió por el
barrio del Putxet, la zona donde tuvieron lugar los crímenes y en la
que conviven la burguesía barcelonesa y los negocios de prostitución
más o menos encubierta. La policía respondió a la presión con la rápida
detención de Juan José Pérez Rangel, un joven de 27 años en paro, al
que sus vecinos del barrio de La Mina definen como apocado, indeciso y
con una personalidad bastante indefinida. En definitiva, un buen chaval
incapaz de diseñar y cometer un doble crimen sobre el que todavía
planean muchos enigmas.
Huellas
dactilares, marcas de zapatillas coincidentes, la imagen grabada en un
cajero, cabellos y restos de piel en las víctimas; todo apunta hacía el
detenido, que llevaba una doble vida y al que muchos consideran un
simple cabeza de turco al servicio de quien maneja el negocio de la
droga y el sexo en la zona alta de Barcelona. Juan José, que a pesar de
estar en paro tenía alquilado un apartamento en la zona del Putxet, muy
por encima de sus posibilidades económicas, que consumía cocaína de
forma abiertamente "cantosa" y que mantenía relaciones estables con una
joven rusa, que presuntamente vivía de la prostitución, espera ahora
juicio. Casi todos creen que el ansia de dinero y el espejismo de una
vida de lujo le llevaron a matar, dejando tras de sí un chapucero
reguero de pistas. Otros creen que los instigadores del doble crimen
siguen sueltos.